Aladdín, descubre por dentro el espectáculo por el que la gente va a venir a Madrid estas Navidades
Aladdín y Jasmine, protagonistas del musical que está arrasando. Foto: Stage Entertainment

Aladdín, descubre por dentro el espectáculo por el que la gente va a venir a Madrid estas Navidades

Alan Menken, ganador de ocho Premios Óscar, firma la partitura del musical Aladdín, que en su tercera temporada en España ha fulminado todas las previsiones. Con más de 80 efectos especiales, un equipo de 140 profesionales pone en marcha un gigantesco engranaje teatral, tan complicado como espectacular.

Karelia Vázquez | Octubre 30, 2024

Por más que se conozca la historia –¿quién no ha soñado de niño con el genio de la lámpara y la alfombra mágica?– de Aladdín, del musical se sale con una gran sonrisa. Y ese buen rollo dura el resto de la noche. Más allá de la historia, toda la puesta en escena emana una poderosa energía que hace temblar los cimientos del madrileño Teatro Coliseum, donde va por su tercera temporada y ya ha sido visto por más de 600.000 espectadores.

Los adultos que disfrutaron con la película de Disney en los 90 ahora salen del teatro tarareando alegremente “… un mundo ideal…” y recordando con nostalgia su infancia. Y los pequeños se levantan fascinados de sus asientos en plena función, le hablan al genio con desparpajo, lloran a mares y ríen a carcajadas mientras se empeñan en descubrir cómo hacer volar una alfombra mágica por encima de los palacios y los coloridos mercados de especias de la imaginada ciudad de Agrabah.

La producción de Stage Entertainment ha viajado por los teatros de Broadway, West End, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Singapur, Hamburgo y Stuttgart y ha conquistado a 17 millones de espectadores atrapados por la música y los trajes alumbrados con miles de cristales de Swarovski. Un destello que encienden los actores titulares junto con el resto del elenco, compuesto por un centenar de personas que tras bambalinas hacen posible la magia en cada representación.

El hombre detrás del personaje

El genio está interpretado por David Comrie, que lo deja todo cada noche en el escenario, despierta las risas de los asistentes y al terminar su trabajo acaba agotado. “Vivo a cinco minutos del teatro, pero tengo que coger un taxi para llegar a casa porque casi no puedo caminar del cansancio”, confiesa poco antes de empezar la obra.

Hablamos con el actor cuando está a punto de iniciar su ritual preparatorio. “Mi camerino es un templo sagrado. Una hora antes del show no entra nadie con mala vibra que me vaya a estropear el ánimo. Siempre me entran los nervios antes de empezar y tengo que meditar diez minutos y ponerme mi música para entrar en la atmósfera del genio”. 

Bregado en el arte de los musicales, tras interpretar durante seis años al primer Mufasa de El rey león, hizo todo para que el genio de Aladdín fuese suyo. “Construyendo este personaje he podido rescatar muchas referencias de mi cultura –él nació en Panamá y su genio baila salsa y grita “azúcar”–, y ha sido como redescubrirme a mí mismo”, cuenta.

El personaje del genio hace una salida magistral de su cueva, una auténtica fiesta en el escenario, y los 1.400 asistentes son sus invitados. “Me encantaría ser el rey de la diversión, como él, pero yo soy más tímido, de petit comité, cenas de cinco amigos como mucho. Así que cada noche me tengo que quitar el caparazón para convertirme en el protagonista”.  

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El genio de la lámpara en un momento del espectáculo. Foto: Stage Entertainment

David viste trajes y turbantes que pesan varios kilos, con pedrería y cristales brillantes y frágiles. Con esta indumentaria salta, baila y rueda por el escenario como si nada. Y lo mismo ocurre con el resto de intérpretes. Por eso un ejército de costureros vigila cada movimiento y está listo para reparar lo que se estropea, que puede ser mucho.

María Regidor, la jefa de vestuario, se encarga de que la maquinaria funcione con la precisión de un reloj suizo. Con ella nos vamos a ver, tocar y sentir el vestuario de príncipes y princesas árabes: un traje que pesa diez kilos, pantalones con 1.620 piedras, vestidos con 8.644 piezas de strass, lujosos y pesados turbantes de gala llenos de pedrería que se ajustan para que no interfieran con el micrófono. 

“Esta ropa sufre muchísimo, no se puede pedir que no se hagan ciertas cosas en escena, así que hay que restaurar las prendas a diario. Incluso durante el espectáculo hay gente en el taller, porque hay que arreglar los desperfectos en el momento”, explica María. Al tiempo nos enseña las joyas del vestuario del show: el traje de Jafar con el bastón coronado por una serpiente con ojos de cristales que deslumbran al público desde el escenario y el chaleco de patchwork del protagonista.

En la fabricación del atuendo se mezclan las nuevas tecnologías de impresión con técnicas de artesanía y tejidos procedentes de nueve países. Los trajes de la princesa Jasmín están elaborados entre India, donde se bordaron a mano, y Los Ángeles. El vestido de boda pesa tres kilos y tiene reminiscencias de Bollywood. La responsable de esta área intenta enseñarnos algo más, pero queda una hora para la función y ya estorbamos en todas partes. En el backstage empieza a crecer la ilusión de la aldea de Agrabah, los tres amigos de Aladdín entran en maquillaje y el genio ya está acuartelado en su camerino. 

Arriba el telón

Una especie de controlador aéreo se encarga de que todas las piezas encajen en armonía. Sin su palabra mágica, “go!”, nada se mueve en el escenario de Aladdín. Se llama Gonzalo Lisiardi y es el jefe de regiduría. Nos enseña su puesto de mando, el calling, una pequeña oficina en lo más alto del teatro con varias pantallas y botones desde donde se emiten todas las órdenes. Antes de dominar cada uno de los pasos se fue a Florida “a aprender cómo funcionaba todo esto”, recuerda.

“Allí estuve una semana entera aprendiendo a hacer frente a los hándicaps y a solucionar los problemas que iban surgiendo. Un día me colocaba en el patio de butacas; otro, en el lado izquierdo del escenario, desde el derecho… También lo observé desde el calling, y así es como aprendí todo lo que debe saber un regidor de teatro musical para dominar todo desde el punto de vista técnico y artístico”, cuenta.

Desde su ubicación da todo tipo de indicaciones: “Prevenido”, “Auto 5”. Le contestan: “Prevenidos”. Y solo entonces Gonzalo pronuncia las palabras mágicas: “Auto 5, go!”. Y la escena se ilumina: “Luz 25, go!; luz 24, go!”, y así hasta 725 luces y 300 movimientos de automatismos. 40 técnicos ejecutan sus mandatos. “No paramos. Vamos siguiendo el texto de la obra y todas las partituras, desde el inicio hasta el final. Tengo plan A, B y C para todo tipo de imprevistos, pero aun así puedes necesitar un D, y entonces tienes que inventar”, dice. 

Entre sus tareas está también la de gestionar las necesidades de los actores, desde un vaso de agua hasta una lesión que obligue a cambiar un intérprete en tiempo real. Es un trabajo que requiere máxima concentración para que todo suceda en el momento exacto y el espectador no perciba ningún error. 

Se apagan los focos y sobre un lienzo de retazos de tonalidades arcilla se proyectan las sombras de una de las historias más conocidas de Las mil y una noches. En el foso la orquesta inicia los primeros movimientos. El público aplaude impaciente. Se abre el telón y un mundo de mil colores y brillos empieza a danzar ante más de mil personas que esta noche en Madrid han escogido disfrutar de un viaje en una alfombra mágica que les transportará a otros mundos.